Nunca me gustó correr

Nunca me gustó correr. Aunque jugué a fútbol un año como cadete y otro como juvenil, hacía todo lo posible en los entrenamientos por evitar la parte en la que hacíamos una larga carrera a pie. De no poder evitar el rodaje, remoloneaba cuanto podía, y siempre llegaba al final del recorrido con los más rezagados, cuando los demás ya habían empezado a practicar con el balón. Muchos años después, con el nacimiento de mi primer hijo, una niña maravillosa, empecé a trabajar en una nueva empresa, así que la situación, tanto en lo referente a lo familiar como a lo laboral, era difícil de compaginar con cualquier aspiración deportiva. El único momento que encontré para hacer un poco de ejercicio era justo al salir del trabajo. Yo solía usar el metro para ir de casa al trabajo, y también para completar el camino de vuelta, hasta que un buen día, calculando que únicamente tendría que invertir unos cuarenta minutos de más, me planteé recorrer andando el camino a casa. Al poco tiempo ya llevaba ropa de deporte a la oficina para cambiarme justo al finalizar mi jornada. Alternaba la caminata de regreso a casa con carreras cortas, y un día, inolvidable para mí, conseguí completar corriendo toda la distancia entre la oficina del trabajo y mi vivienda, algo más de seis kilómetros. Aprendí a correr más rápido, y finalizaba el trayecto en menos tiempo del que invertía antes en caminar hasta la parada del metro, esperar a que éste llegara y me condujera a casa realizando sus paradas pertinentes. Tuve que buscar rutas más largas, para no llegar a casa antes de agotar el lapso del que disponía para hacer ejercicio. ¡Correr, algo que hasta entonces nunca me había gustado se había convertido en un hábito que practicaba gustosamente tres veces a la semana!

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