Nunca he visto una tortuga, pero le comprendo a usted

Koiway

Habitualmente hay una relación directa entre los kilómetros que cubres en tus salidas y las cosas memorables que te encuentras en ellas. Yo he podido visitar paisajes naturales realmente bonitos, he encontrado restaurantes especiales, he descubierto un cementerio de neumáticos, he conocido muchas plazas, fuentes y parques, he cruzado calles salpicadas de casas realmente llamativas y he visto serpientes, vacas, cabras, conejos, ovegas ¡y hasta un zorro! Bien, pues a pesar de este bagaje y mientras recorría una ruta que es habitual, ayer pude ver algo que me sorprendió. Quizás no entiendas mi pasmo una vez que te explique de qué se trata, pues yo mismo no entendía bien el motivo y tuve que razonarlo a posteriori, pero no te quedes en el hecho y prueba leer también la explicación.

Corría por la acera de una avenida flanqueada por unas casas enormes y cruzada por una carretera muy concurrida. Delante de mí, un hombre de mediana edad, que paseaba tanquilamente a su perro, se distraía observando las flores que sobresalian del jardín de una de las viviendas. Al percatarse de que me acercaba al trote el señor giró la cabeza, y fue justo ahí cuando ocurrió. Tenía rasgos asiáticos, y casi con toda seguridad diría que era chino. Chino, sí. ¿Que qué tiene de malo un chino paseando a un perro? Pues de malo no tiene nada, pero piénsalo: ¿En cuantas ocasiones has tenido oportunidad de ver a un chino ocioso? ¿Y cuantas veces has visto a un chino paseando? ¿Y con perro? En mi caso ha sido la primera vez, palabra, y a este ritmo estoy convencido de que, pronto, veré a un gato defecando en la acera; tan sólo dadme tiempo y kilómetros.

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