La anécdota del cortejo fúnebre

En ocasiones, corriendo, cruzo un pueblo que se llama Castilleja de la cuesta. Y se llama así con motivo pues, en poco más de un kilómetro, que es lo que se extiende su calle principal, se ascienden unos 117 metros. Ya andaba muy cansado, a mitad de dicha pendiente, donde hay un iglesia, cuando me percaté que había un nutrido grupo de personas ocupando la acera justo a la salida del edificio religioso. Como ese día hacía tantísimo calor, yo trotaba por ese mismo lado de la calle, que era donde daba la sombra.

Pues bien, cuando salí de mi abstracción y observé con más detenimiento la escena, pude ver que un coche fúnebre estaba parado frente a ellos, con el motor en marcha y portando ya al difunto. Una pareja de policías, que tenía aparcada la patrulla cerca, gestionaba el tráfico en la calzada de dos carriles, para que fluyera de la mejor forma posible a pesar del obstáculo que suponía el coche oscuro que, inevitablemente, tenía que parar allí durante unos minutos.

En un ejercicio de empatía miré aquella escena desde los ojos de aquellos que despedían al coche que portaba el féretro. El contraste que suponía un tipo largo y sudado, con pantalón corto de camuflaje gris y camiseta naranja, cruzando al trote entre las lágrimas de los más allegados, y sumado al colorido que ya aportaba los chalecos reflectantes de los policías, no me pareció respetuoso, no.

Rápidamente miré a mi izquierda para comprobar el tráfico, desvié la zancada y crucé la calle, hacia el lado donde el sol apretaba, con la única intención de evitar la escena que había anticipado en mi mente y, de esta manera, no mostrarme indiferente ante la situación de dolor y de lamento que vivían aquellas personas.

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